domingo, 27 de abril de 2014

De clausura

De vez en cuando me acerco a la exposición de las salas de subasta. Los catálogos se pueden consultar online pero si algo me parece interesante me gusta verlo en persona.


 Hace más de una década que fui a mi primera subasta en sala y, aunque ya he perdido la cuenta de las veces que he asistido a alguna, siempre que decido hacer una puja sigo sintiendo esa mezcla de nervios y emoción que se eleva a la enésima potencia cuando mi oferta es la ganadora.

En mi ciudad son varias las salas que tienen catálogo de juguetes.
Me gusta observarlos y también aprovecho para curiosear los catálogos de pintura, mueble o papel.

Ocasionalmente, en pintura, ha aparecido alguno de los cuadros que pintó el bisabuelo de mis hijos. Me hace feliz que alguna de esas obras he podido adjudicármela para que volviera a la familia.

El abuelo de mi marido descubrió su vocación de pintor en sus últimos años.
Fue lampista electricista durante toda su vida, y fue al jubilarse que mostró su habilidad con los pinceles.
Pintor tardío pero prolífico, que tomó parte en muchas exposiciones colectivas e individuales desde la década de los 70 hasta su fallecimiento.


Me apena no haberlo conocido más que a través de su obra, sus fotografías y los recuerdos que inundaban la casa donde vivió, donde hemos pasado muchos momentos reunidos.

Hace varios años, su única hija me hizo un regalo impagable.
Cabe decir que tengo una suegra maravillosa.
Siempre me cuenta que podría haber tenido muchas muñecas y buenas porque tenía padrinos acomodados que se las ofrecían, pero que ella no era niña muñequera y prefería otras cosas. De haberlo sido reconocería en mi colección muchas muñecas de su época.

Pero un muñequito sí que guardó toda su vida hasta que me lo entregó hará ya unos diez años.
Me contó que, a finales de los años 40, el lampista recibió el encargo de un trabajo en un convento de clausura de Barcelona.


La tarea a realizar se iba a alargar varios días debido a su complejidad, y dio tiempo a establecer cierto contacto en el que se habló de la familia y la hijita de apenas dos años de edad.
Al final de la reforma, en el momento de la despedida, las monjas agradecidas entregaron un obsequio para la pequeña.

Mi suegra me lo dio tal como ella lo recibió y conservó siempre: un diminuto muñeco bebé en una camita de fieltro confeccionada de manera artesanal por las monjas, presentado en una caja de jabón de lavanda. Y así lo pienso mantener.




3 comentarios:

  1. Unos recuerdos muy entrañables sin duda.
    No me extraña que conserves el muñequito con tanto cariño.

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