Fui a encontrarme con esta poco habitual muñeca en una parada de un mercadillo de antigüedades. Aunque estaba sucia y un poco despeinada, me gustó.
Y ésta conservaba sus pendientes y vestido, pero también las sandalias, el cinturón y la cinta de la cabeza.
Al acercarme a observarla mejor, me di cuenta de que la parte de la cadera la tenía desmontada, que no rota. Las gomas estaban demasiado tensas y la presión, sin duda, había provocado que se abriese la pieza de la cadera.
A pesar de los pros y los contras de su estado, pregunté su precio y al resultarme inadecuado, me marché sin más.
Pasó una semana y sin habérmela sacado de la cabeza, la reconocí de nuevo, en otro mercadillo.
Seguía estando desmontada, pero limpia.
Su precio, en esta segunda oportunidad, era un tercio del que me pidieron la vez primera.
Sin pensármelo, esta vez sí la cogí.
Al llegar a casa, le cambié sus gomas por unas nuevas, la monté y repasé con hilo los adornos de su atuendo que no habían aguantado el paso de los años.
Después de rehacer una de sus trenzas, ahora luce fiel a su estado original.